Shakespeare y yo, por Manuel Calzada

Cuando te dan un premio importante, puede pasar que te amarguen la vida para siempre. A mí por poco me ocurre. Después de la obra El diccionario, premiada con el Premio Nacional de Literatura Dramática, ¿qué más puede uno escribir tras tanta mayúscula que aguante la comparación, no sólo del público, sino de uno mismo? Te respondes que tienes que seguir siendo fiel a ti mismo; que tú no eliges las historias, sino ellas a ti; que cada momento tiene su expresión... y cada vez te hundes más en la miseria.

            Hasta que, puestos a retos imposibles, decides no medirte con tu obra anterior, sino con el más grande dramaturgo de todos los tiempos: William Shakespeare. Podrá parecer un acto de arrogancia, pero en mi caso ha sido una estrategia de salvación.  En un duelo así la partida está perdida de antemano, salvo que uno se tome a su adversario como un maestro y tú, modesto aprendiz, te acerques a él para sumergirte en el misterio que encierra cualquier obra maestra, a ver si se te pega algo. Perdón, cualquiera obra maestra, no: El Rey Lear.

            El Rey Lear es la obra más difícil de Shakespeare y a mi juicio la de estructura más penetrante en la exploración del ser humano. Casi nada. Un rey todopoderoso que decide “arrastrarse ligero de equipaje hacia la muerte” y da todos los pasos para avanzar hacia su propia destrucción. Ante este reto hercúleo, este pobre aprendiz ha colocado a sus dos personajes frente a un reto parecido: dos viejos actores venidos a menos que insisten una y otra vez en ensayar su parte en esta obra con la obstinación de los que necesitan sobrevivir. Empresa bella y ridícula, no exenta de patetismo encubierto por la carcajada o de esperpento revestido de tragedia. Y así, con más ganas de reír o de llorar, según se nos antoje, podremos compartir con ellos un viaje a la cocina de la creación, a la sala de ensayos, donde la vida se confunde con el teatro y el teatro la mejora hasta en sus propias calamidades.

            Los que amamos este arte sabemos de su rara simetría con la vida, espejo deformante en el que nuestra humanidad se refleja  descarnada pero tolerable. Este es el propósito de mis dos viejos actores: encarnar los personajes de Shakespeare para encontrarse a sí mismos sin zaherirse demasiado. Ojalá esta obra dispense al público aunque sea una dosis mínima de esta terapia.